Teoría de la ayuda al desarrollo y la crítica radical de Hinkelammert 1/3

Primera entrega de un texto que analiza la teoría de la ayuda al desarrollo a partir de las categorías desarrolladas por Franz J. Hinkelammert en la "Crítica de la razón utópica"

Teoría de la ayuda al desarrollo
y la crítica radical de Hinkelammert

José Ramón González Parada

I

Críticas a la ayuda al desarrollo.

La teoría –o las teorías- de la ayuda al desarrollo está acostumbrada a la crítica y a la autocrítica. Es más, se diría que su razón de ser es recrear su crítica a perpetuidad. Por ello la imagen de Sísifo ha sido a menudo utilizada para describir la realidad de la ayuda, de manera que el torrente crítico generado desde hace dos décadas funciona más como vacuna que como factor de transformación.

La crítica habitual consiste en señalar la falta de voluntad política para hacer cumplir sus objetivos y alcanzar los resultados esperados. Es posible alcanzar la meta de erradicación de la pobreza, pero no se quiere, porque el poder es cicatero con los medios que deben ser puestos a disposición. Esta crítica pone el acento en la escasez de recursos disponibles por parte de los países ricos y en la visión a corto plazo de la clase política mundial, más interesada en sus problemas domésticos, que en una dimensión de estadistas a escala mundial. La tecnología ya dispone de los recursos suficientes para hacer frente al problema, sólo falta la voluntad política para abordarlos. Habla de dinero, pero no habla de economía y mucho menos de capitalismo. Dinero, democracia mundial y sociedad civil planetaria son sus soluciones. Una corriente de esta posición crítica desembocará en la cooperación anarco-capitalista, como se señala más abajo.

Un segundo enfoque crítico centra su atención en el “saber hacer”. Los errores, insuficiencias y falta de resultados, sistemáticamente observados a través de procesos evaluativos, son imputados a una insuficiente adecuación metodológica, o a la incorrecta aplicación de los principios. Este enfoque aborda el capitalismo, pero como problema técnico; su pregunta es cómo adecuar la metodología de la cooperación a un marco económico que le es ajeno. Y su propuesta consiste en avanzar tentativamente, a partir de aproximaciones tecnológicas y metodológicas. Este enfoque crítico predica la innovación permanente: los Objetivos del Milenio, la incorporación de los inmigrantes a las políticas de desarrollo, o los microcréditos, son algunas de sus obsesiones del último quinquenio. Existe una versión ingenua de esta posición crítica, en la que se sitúa a menudo la izquierda: confía en seleccionar los mejores proyectos aprovechando los resquicios del sistema. Y una versión cínica: la ayuda no será capaz de conseguir sus objetivos estratégicos, pero su discurso es necesario.

Se fabrican políticas de cooperación constantemente, pero esto es acorde con la permanente fábrica de soluciones de la oferta política interna: leyes reformadoras que no entran en el meollo del problema (la educación, la vivienda, la salud) y que se cambian a los primeros síntomas de ineficacia. Así que, posiblemente las modas de cooperación no sean realmente modas, sino un permanente estado de “aggiornamento” para mantener vivo el interés social por el tema y en continuo movimiento a la burocracia de la ayuda. Hoy se mira a las remesas de inmigrantes como un potencial en la financiación del desarrollo. Realmente, no se puede creer que toda la sesuda producción intelectual sobre el desarrollo sirva para algo, si no se empieza por comprender qué pasa en el capitalismo.

Tanto la crítica centrada en la falta de voluntad política como la centrada en la carencia de saberes apropiados, tienen algo en común: sus expositores están instalados en el mercado de la ayuda, y sus críticas y alternativas renuevan la demanda profesional de expertos. Ambos discursos se enlazan y entrelazan creando un relato aparentemente alternativo sobre las verdaderas teorías de la ayuda al desarrollo.

Hay un tercer enfoque crítico menos poblado y menos escuchado. Entre ellos destaca el texto -que ha pasado casi desapercibido- de Gilbert Rist, titulado El desarrollo: historia de una creencia occidental , que cuestiona la posibilidad de la cooperación al desarrollo en el capitalismo. Donde las corrientes críticas comentadas anteriormente sostuvieron, “no se quiere”, o “no se sabe”, Rist postula un “no se puede”, pues carece de un objeto real, al ser el desarrollo un mito creado por el capitalismo. El análisis de Rist parte de un conocimiento empírico: el aumento de la brecha entre población pobre y población rica, a pesar de los años dedicados a disminuir la brecha con las políticas de ayuda. Contra la evidencia empírica el paradigma del desarrollo mantiene la creencia en que el crecimiento sin límites ofrecido por el desarrollo tecnológico deja abierta la esperanza a una mejor redistribución futura. Una creencia alimentada por todos los responsables de las políticas de cooperación, y compartida por los tecnócratas de la economía y por la opinión pública de los países ricos.

“Todo lleva a creer que la solidaridad es posible y que el reconocimiento de la existencia de un interés común acabará por imponerse…De ello se derivan unas propuestas aparentemente “responsables” y “razonables”, que permitirían avanzar en la buena dirección sin exigir previamente una transformación completa del sistema” .

Y concluye:
“En el curso de las últimas décadas todas las medidas que se han tomado en nombre del desarrollo han conducido a la expropiación material y cultural. Su fracaso ha sido de tal calibre que es inútil perseverar en esta vía. Los resultados serán el crecimiento de la pobreza y la desigualdad. En consecuencia la tarea principal consiste en devolver la autonomía política, económica y social a las sociedades marginadas”

Franz J. Hinkelammert dará a este razonamiento una dimensión nueva, desnudando la utopía tecnológica del crecimiento y del mercado, y las utopías sociales del pensamiento burgués y del pensamiento socialista.

La crítica radical de Hinkelammert

En la Critica de la razón utópica evalúa la validez de la teoría de los grandes sistemas sociales, estableciendo los marcos de vigencia de sus propios presupuestos utópicos. La crítica radical del pensamiento de Hinkelammert para los grandes sistemas es aplicada en este artículo al subsistema de la ayuda al desarrollo; para esta tarea nos apoyamos especialmente en el capítulo 1: “ La metodología de Popper y sus análisis teóricos de la planificación, la competencia y el proceso de institucionalización” y en el capítulo 2 : “El marco categorial del pensamiento neoliberal actual”, de la citada obra. Dentro de sus estudios más recientes Solidaridad o suicidio colectivoes un llamamiento a la solidaridad rebelde y colectiva frente a la globalización, con referencias concretas muy oportunas para el propósito de este artículo.

Hinkelammert denuncia un capitalismo destructor de la vida humana y de la naturaleza, su incapacidad para satisfacer las necesidades elementales que son aspiración de millones de seres humanos, y reclama una reconstrucción de la institucionalidad necesaria para garantizar la convivencia. Un pensamiento enraizado en la realidad latinoamericana por la que el autor toma partido desde su llegada a Chile en la época de Salvador Allende, experiencia excepcional en la que participa desde su puesto de profesor universitario de la universidad chilena. Fiel a su posicionamiento en la teología de la liberación, desgrana la apertura a una trascendencia ubicada en la vida real de los pobres y de la naturaleza, y desvela el mito presente en las utopías secularizadas de la planificación socialista y del mercado. El análisis de la ilusión transcendental del mundo idealizado por la utopía del mercado desemboca en el desvelamiento de la única alternativa posible: el dogmatismo de la globalización, una utopía conservadora que obliga a la eliminación de todas las demás alternativas posibles. Su metodología contribuye a descubrir cómo también la ayuda al desarrollo funciona como refuerzo de ésa única alternativa posible, en tanto en cuanto aún no ha llegado –ni podrá llegar nunca- a su plenitud.

En términos de la aproximación cuantitativa del progreso infinito, estamos aparentemente acercándonos a la solución de todos los problemas humanos; lo que hace falta –dicen sus estrategas- es acelerar lo más posible el desarrollo tecnológico, sin consideraciones de ninguna otra índole. De esta manera la ilusión trascendental de los progresos infinitos empieza a devorar la propia realidad de cuya idealización parte. … Ninguna realidad tiene valor pues no es más que un paso de acercamiento a la ilusión trascendental. Y como no se vive sino el presente, no se vive sino enfrentado a la muerte. Como no hay más presente, tampoco ya no hay más vida, sino una muerte que todavía no ocurrió. Luego la vida es una muerte provisoriamente postergada.

La ilusión trascendental traslada a un mundo idealizado que corroe el mundo real y desvanece el presente, al disolver la historia real. Cualquier reivindicación del momento actual, de la gente de carne y hueso con necesidades perentorias, es transferida a un futuro imaginario, no factible, para el cual los excluidos de hoy que se nieguen a esa transportación en el tiempo son un estorbo. Esta forma de proceder es también propia de la teoría de la ayuda al desarrollo en cuanto que las esperanzas humanas son sacadas de la interrelación social y proyectadas hacia la perfección futura de una ética universalmente asumida, la cual hará posible el desarrollo humano. La inmediatez con la que la ayuda trabajaes solamente el espejismo anticipatorio y local de la ilusión trascendental con la que actúa a escala global. Una ilusión que opera no sólo hacia los beneficiarios de la ayuda conducidos de proyecto en proyecto por el desierto de la subsistencia hacia la tierra prometida del desarrollo, sino también –y principalmente- hacia sus gestores.

Con el concepto de la mitificación trascendental Hinkelammert da un paso más en su crítica. El mito es propuesto como posible meta empírica “en principio factible”, a la cual se puede acceder prescindiendo de la institucionalización de las relaciones sociales entre los sujetos, y por tanto aparentemente al margen de la estructura de poder. El mercado ofrece esta posibilidad, la de relación directa mercantil al margen de toda institucionalidad, tal es el ideal neoliberal. La mitificación trascendental del Mercado –ya con mayúscula- lleva al rechazo del intervencionismo económico, de la institucionalidad estatal. La mitificación trascendental se apropia del ideal libertario de la acción directa, llevada a cabo por sujetos a los que se les adjudica una capacidad más allá de lo que la naturaleza humana permite concebir. Estos superhombres suelen coincidir con los económicamente poderosos, cuyas virtudes no provienen tanto de una extraordinaria naturaleza, sino de una desmesurada acumulación de capital.

“El mito de la acción directa de la caridad que se esconde detrás de la mitificación trascendental piadosa de los sujetos buenos, produce una destrucción mayor porque puede encubrir, a muy largo plazo, el rechazo de la justicia como principio de estructuración del sistema institucional mismo. Con esto, destruye precisamente aquella subjetividad en cuyo nombre se autoproclama. En su forma más radical, incluso recuerda conscientemente la analogía con la acción directa del anarquismo: se llama entonces anarco-capitalismo” .

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