Teoría de la ayuda al desarrollo y la crítica radical de Hinkelammert 2/3

Segunda entrega de un texto que analiza la teoría de la ayuda al desarrollo a partir de las categorías desarrolladas por Franz J. Hinkelammert en la "Crítica de la razón utópica"

SEGUNDA PARTE

La cooperación anarco-capitalista

La forma más exagerada de mitificación de la cooperación al desarrollo la ofrecen los grandes filántropos, que amparados en sus fortunas personales se acercan a África o Asia promoviendo la ayuda a los pobres, estableciendo una relación directa entre el benefactor y los beneficiarios al margen de cualquier institucionalidad. La cobertura de los medios de comunicación dan la dimensión definitivamente ilusoria de la actividad, al reforzar la imagen del donante frente a la de los sujetos que le reciben, los cuales pierden toda historicidad para servir de fondo de la imagen trascendental: el resplandor de la acción en el Tercer Mundo produce la ceguera en el Primero. La acción directa tiende a ser emulada por los personajes que merecen la atención del público audiovisual, hasta acabar en los reality - show y los maratones televisados para recabar la solidaridad de los espectadores, en el espectáculo más degradado y degradante del modelo de cooperación anarco-capitalista.

En Europa un sector no despreciable de ONG tienen planteamientos semejantes al descrito, al ofrecer una posibilidad de acción directa adaptada a sus donantes particulares; el fenómeno de los apadrinamientos de niños y el voluntariado son los ejemplos relevantes. La institucionalidad es ocupada ahora por las ONG, como instancia de mediación.

“Las organizaciones no gubernamentales han disfrutado de una leyenda aduladora , en la que aparecen como grupos animosos de ciudadanos enraizados en la ‘sociedad civil’. En sus autoretratos y otras descripciones se definen como asociaciones voluntarias de ciudadanos altruistas, distintas del Estado y del sector empresarial, sensibles con sus beneficiarios, responsables ante sus benefactores, y defensoras de los pobres y desposeídos del Tercer Mundo”

Una mediación que también se ofrece a las instituciones públicas, bajo la forma de prestación de servicios. La colaboración cada vez más estrecha entre las ONGs y las instituciones internacionales que planifican y gestionan la Ayuda Oficial al Desarrollo, se amplifica ante la opinión pública como la realización de la aspiración de la sociedad civil a ser considera como tal por la única instancia que puede insuflarle esa etérea cualidad: el sector público. Esto tiene sus ventajas, pues adornadas con la Q de calidad de su “interés público” pueden mejorar su captación de fondos ante sus donantes privados y públicos, a la vez que representan las esencias de la sociedad civil, aunque no exista en la discusión política actual “ otro concepto tan nebuloso y tan vago”. La sociedad civil es la ilusión trascendental de una democracia de ciudadanos libres y responsables; llevada al extremo se convierte en el mito de una sociedad civil planetaria, frente a la cual se difuminan los movimientos sociales realmente existentes, una categoría social, sin embargo, más adecuada para el análisis sociológico.

Los microcréditos como expresión de la cooperación anarco-capitalista

El marco categorial del microcrédito responde al esquema general del marco categorial neoliberal, representado por Hayeck. Al igual que al analizar el mercado, en el caso del microcrédito también “se idealiza un fenómeno empírico y se concluye que este se acerca a esa su idealización”. Los teóricos del microcrédito tendrían que demostrar que el mercado del microcrédito se aproxima a una situación de mayor justicia social, aumentando la masa de riqueza producida por y en manos de los pobres, pero como no pueden, la teoría renuncia a la confrontación empírica y los sustituye por algunos estudios de casos específicos, de cuyas condiciones reales se hace abstracción. Con algunos microéxitos en la mano (testimonios elegidos ad hoc y a veces dudosos), se atribuye a la obtención de un microcrédito resultados que generalmente tienen su justificación en otras actividades y comportamientos. Al microcrédito son aplicables las palabras de Hinkelammert: “nuevamente tenemos un concepto que es a la vez concepto transcendental, y como tal idealización de una realidad empírica; y concepto transcendente, y como tal, la imaginación del cielo por parte de los defensores del nomos social” .

El microcrédito es presentado como la panacea para los problemas del desarrollo, por el procedimiento de estimar sus logros en el combate contra la pobreza en base a sus propias presunciones, y justificar su propia filantropía; como ninguna otra actividad vinculada a la ayuda al desarrollo, agrupa entre sus ideólogos a personalidades e instituciones representativas del fundamentalismo cristiano y del fundamentalismo del mercado .

El microcrédito enfatiza el papel del mercado como vector del desarrollo, a la vez que prima la iniciativa individual y los valores del ahorro como condiciones para salir de la pobreza. Una propuesta ideológica neoliberal que minusvalora la intervención pública y desestima las causas socioeconómicas y políticas de la pobreza. La injusticia que se combate es la de negar al pobre el derecho a ser un emprendedor, no la de ser pobre, con la consecuencia de que el conocimiento necesario sobre su impacto social y económico pasa a ser irrelevante.

De las experiencias observadas en América Latina se deduce que las microfinanzas no tienen un impacto significativo en la reducción de la pobreza, sino que las nuevas instituciones micro financieras –IMF- creadas con las donaciones internacionales pronto emigran hacia sectores más seguros y clientes de mayor dimensión económica, conforme los capitales con los que trabajan van consolidándose como propios (donaciones que tras un determinado número de ciclos se integran como capital propio).

La Ayuda Oficial

La Ayuda Oficial al Desarrollo produce su ilusión trascendental correspondiente. La Ayuda Oficial al Desarrollo es el resultado de la racionalización de un deseo, transformado en objetivos concretos y metas posibles a partir de un proceso técnico de aproximación. ¿Cual es la naturaleza de este deseo imposible, pero que parece posible a partir de la racionalización que le aportan las ciencias empíricas? La consecución de un mundo mejor sin menoscabo alguno del mundo real, precisamente del mundo real que recrea permanentemente las condiciones sociales, económicas y políticas que hacen necesaria la ayuda al desarrollo. El círculo se cierra: la ayuda al desarrollo es necesaria, y por lo tanto posible, porque el mundo real aún no ha alcanzado la perfección (aquí radica el mito del progreso infinito) y necesita compensaciones que equilibren las distorsiones del mercado, a condición de que estas compensaciones no modifiquen el mundo real, pues éste solamente tal como es alcanzará la perfección futura que hará innecesaria la ayuda. Frente al dilema histórico de la izquierda de reforma o revolución, la teoría de la ayuda al desarrollo dice: ni reforma ni revolución.

Las metas posibles a partir de un proceso técnico de aproximación convergen en un objetivo imposible: revertir la situación de pobreza severa de un tercio de los habitantes del planeta, sin transformar ninguna de las condiciones del mundo real que diariamente produce pobreza y reproduce las condiciones de un poder que genera pobreza. No hay que decir que el mundo real – el único posible para Popper, Hayek y los suyos- es la globalización capitalista.

“El mundo capitalista se encuentra frente a una crisis –crisis ecológica, crisis de desempleo, crisis de pauperización- cuya solución desborda los límites de la sociedad capitalista, pues exige una planificación de la sociedad y de la naturaleza “como un todo” e implica la transformación de la sociedad capitalista misma. En el grado en que tal conclusión es cierta, se produce un desarrollo no-intencional que no puede sino romper a la sociedad capitalista misma y que resulta a partir de acciones intencionales dirigidas a la solución de estas crisis fundamentales. Pero no se trata de leyes inexorables, dado que siempre existe la alternativa del suicidio colectivo, en el cual se puede buscar el último testimonio de la sociedad burguesa. ….Una sociedad distinta no puede ser sino una sociedad orientada a la satisfacción de las necesidades básicas de todos. Es decir una sociedad que legitime el desarrollo técnico como parte integrante del esfuerzo de asegurar a todos una vida digna, y que sigue siendo lo que ya era en la antigüedad: llegar a viejo sin ser explotado, pudiendo satisfacer sus necesidades a partir de su propio trabajo” .

Teología de la cooperación al desarrollo.

La ayuda al desarrollo resulta así un mito dentro de otro mito, el de la lucha contra la pobreza dentro del mito del progreso infinito, del equilibrio del mercado y del capitalismo como el mejor –y ahora único- mundo posible. En palabras de Hinkelammert “el mito se integra en la realidad y ésta parece ser la realidad sin más, siendo el mito su perspectiva real de futuro” . Es el presupuesto teológico del “ya sí, pero todavía no”. El capitalismo es el ya sí, la culminación de los tiempos, aunque la necesidad de la ayuda nos señala que todavía no, pero estamos en ello. Ya tenemos el diseño del particular camino de perfección del Mercado Global, pero aún quedan algunos sufrimientos, esfuerzos y trabajos pendientes para culminar la obra. Esta escatología inmanente del capitalismo global tiene su correlato en las clases sociales: los que ya sí viven en la gloria, y los que todavía no se sabe cuando la alcanzarán.

Otra de las pretendidas funciones del mito de la ayuda al desarrollo es crear alguna esperanza controlada, pues la esperanza incontrolada es un principio de revolución, tal como señala Ernst Bloch , o como quiso poner en práctica con su revolución campesina en el bajo medioevo alemán Thomas Münzer, al que Bloch denominara teólogo de la revolución . También en esto fracasa la teoría de la ayuda, pues pocas ideas generan entre los pobres tan poca esperanza como la ayuda externa. Ello no quiere decir que en las estrategias de subsistencia los pobres no entre un pragmático posicionamiento de captación de ayuda. Una continua fuente de equívocos, pues la falta de compresión por parte de las agencias donantes de las estrategias de subsistencia de los pobres no les permite interpretar que lo que para los donantes es falta de apropiación de la ayuda (empowerment), inadecuada gestión por parte de los beneficiarios o inmadurez para alcanzar su propio desarrollo endógeno, para los interesados son simples avatares de su azarosa vida.

La deriva de la Modernidad hacia una sociedad nuevamente sacralizada no es novedad en las ciencias sociales, ni tan solo como analogía. En el campo de la ayuda al desarrollo se acusa también esta religiosidad tecnocrática, con sus propios dogmas, su recurso a la ética y una casta sacerdotal que a la vez que difunde el nuevo paradigma, bloquea el camino de la solidaridad. No por casualidad buena parte la cooperación al desarrollo ha desdeñado la Teología de la Liberación como práctica solidaria de una empatía trágica y urgente con los pobres de carne y hueso . Sus enfoques sobre la tierra, el indigenismo, la mujer, la negritud, los campesinos sin tierra, los excluidos, han sido calificados incluso de freno al desarrollo, y por lo tanto indeseables. La reflexión que los teólogos de la liberación hacen de 500 años de cristianismo en A.L. lleva a una inversión de la escatología cristiana a la que ahora se aferra –secularizadamente- el pensamiento neoliberal. Ya no más condescender con la injusticia, porque todavía sí hay una esperanza histórica y concreta. La opción por los pobres se convierte entonces en una crítica radical de la lucha contra la pobreza del Banco Mundial. Aquellos que todavía no se sabe cuando alcanzarán el paraíso prometido por el desarrollo tecnológico, pero ya sí alcanzan a ver la falsedad de la promesa.

Los Objetivos del Milenio

La ilusión trascendental de la ayuda se despliega en un panteón politeista de soluciones, algunas tan efímeras que más que mitos son modas. Uno de los mitos más actuales es el de los Objetivos del Milenio . Los ODM son imposibles en el capitalismo, pero se crea la ilusión de su posibilidad en razón de su vinculación con el mito del progreso infinito.

La primera meta de estos Objetivos consiste en reducir a la mitad para el año 2015 el porcentaje de personas cuyos ingresos sean inferiores a 1 dólar por día. Este baremo es el límite por debajo de el cual se considera “pobreza extrema”, y que según los cálculos del Banco Mundial en el año 2000 se cifraban en más de mil millones de seres humanos, sobre un total de pobres de 2.700 millones de pobres. Es importante esta primera meta para la compresión lógica de los ODM, no solo porque señala el orden de prioridad respecto a los demás objetivos, sino también porque identifica el marco categorial del pensamiento de los diseñadores de los ODM. En primer lugar esta meta no pretende luchar contra la pobreza, sino contra la “extrema pobreza”, pues de conseguirse el objetivo los extremadamente pobres verían aliviarse un poco su situación, pero seguirían siendo pobres. Lo que es lo mismo que definir que la pobreza es consustancial al mundo real, y por lo tanto plenamente aceptable; rebelarse contra esta realidad sería transformar la tierra en un infierno pues sería enfrentarse a las leyes inexorables de la naturaleza: siempre hubo pobres y siempre los habrá. “La justicia no es por supuesto cuestión de los objetivos de una acción, si no de su obediencia a las reglas a las que está sujeta” remata Hayek; las reglas a la que está sujeta la justicia no son otras que las reglas del mercado, subvertir sus reglas es subvertir la justicia misma, por ello la pobreza aceptable por el mercado no sólo es consustancial al mundo real, sino incluso justa. El eco de fondo de Popper y Hayek resuena en los Objetivos del Milenio.

Pero no es ésta la cuestión que interesa discutir, sino la limitación del 50% en la reducción de la pobreza extrema, aquella pobreza que por comparación con la pobreza aceptable y connatural al mercado, resulta inaceptable y por tanto debe ser erradicada sin que ello suponga traer el caos al mundo real. La erradicación de la pobreza extrema sería el triunfo definitivo del capitalismo. Entonces, ¿por qué solo la mitad? ¿Por qué unos objetivos declarados nada menos que del Milenio se quedan a medio gas de conseguir la erradicación de la pobreza extrema, cuando tal erradicación sería plenamente compatible con la consecución del equilibrio del mercado y por lo tanto avanzaría hacia la perfección de la economía global ? Bien mirados, los Objetivos del Milenio no significan otra cosa que la aceptación del fracaso del sistema, al presentarse como nuevo milenarismo secularizado que ni siquiera puede responder de sus propias pretensiones. Un milenarismo de pacotilla.

Además se incurre en incoherencias metodológicas. Los pobres, cuyo volumen es calculado a partir de variables macroeconómicas, son identificados como yacimiento –concepto con la economía viene aplicando también al empleo- a partir del cual es posible establecer un cálculo estático; ni la demografía, ni la política, ni el medio ambiente parecen influir en la evolución del volumen de pobres estimado en el año 2000, proyectando al año 2015 una disminución proporcional al número de pobres del año base. Siendo el volumen de pobres una cantidad fijada de antemano, y el crecimiento ilimitado, se incurre en el error metodológico –anclado en el marco categorial propio del neoliberalismo- de prever su disminución a partir del acercamiento asintótico de la curva del crecimiento. “Todo lo que los principios de imposibilidad niegan, se manifiestan de repente con la apariencia objetiva de factibilidad por la magia del crecimiento asintótico”.

No menos llamativa resulta la concepción abstracta de la pobreza expresada en su medidor, la renta diaria per cápita, un dólar al día. Frente al cálculo de necesidades se opone un cálculo mercantil. Hoy día existe la información suficiente para estimar el déficit en calorías, los estragos en salud, la demanda educativa, y otros bienes materiales que sería necesario aportar para superar la pobreza. A partir de ahí no resulta difícil estimar la producción necesaria para cubrir esas necesidades. Cómo hacer llegar esos bienes a los pobres, y cómo contribuyen los pobres a la producción de los bienes que les son imprescindibles ya no puede ser reducido a cálculo alguno, pero al menos un acercamiento al problema a partir del cálculo de necesidades sería mucho apropiado que a partir de una variable tan abstracta como la cantidad mínima de dinero para adquirir unos bienes que no se sabe donde están, ni quien los va a producir, ni bajo qué condiciones de explotación.

La concepción de una pobreza abstracta, calculada por aproximaciones matemáticas a través de indicadores de tipo mercantil, tiene la discutible virtud de no enfrentar la pobreza concreta ni la cuestión del poder concreto. Se puede calcular cuántos pobres existen en Asia, pero no se sabe cuántos viven hoy en Nueva Delhi. La evolución de los indicadores previstos en los Objetivos del Milenio teletrasportan su consecución a un futuro incierto aunque milagrosamente identificado en el calendario: la reducción al 50% de la pobreza extrema se aplaza al año 2147. Un dato suficientemente elocuente para comprender que toda la metodología y sistemas de indicadores de los ODM son un puro juego de azar. Por Einstein sabíamos que el que no jugaba a los dados era Dios. Para los fundamentalistas de la globalización, parece ser su juego favorito, bien que disfrazado de compleja ecuación.

El dilema de la planificación en la Ayuda al Desarrollo

El continuado y sostenido fracaso de la ayuda obliga a sus gestores a cargar las tintas en sus deficiencias de planificación y coordinación, toda vez que no se reconocen –no se pueden reconocer- los principios de imposibilidad que la niegan. El principio según el cual no se pueden modificar los resultados que produce el capitalismo sin modificar el capitalismo mismo. Pero la planificación de la ayuda supone poner de acuerdo a una pluralidad de donantes estatales, a la vez que sugiere una cierta contradicción o repliegue hacia posiciones que los teóricos del mercado han considerado siempre su diablo, la intervención estatal y la planificación económica.

El repliegue hacia posiciones contrarias al propio marco teórico sólo mostraría hasta qué punto la teoría del mercado global es insostenible. Un cierto intervencionismo estatal sería inevitable –a parte de habitual, no otra cosa han sido los programas de ajuste del FMI - cuando se trata de los países pobres, con la particularidad de que no es su propio estado nacional el que interviene en su mercado, sino los estados ricos a través, entre otros mecanismos, de la ayuda al desarrollo.

La planificación de la ayuda –sostienen- debería servir para crear las condiciones para que los países empobrecidos alcancen el nivel que les permita desenvolverse de forma libre y autónoma en el mercado mundial global, por tanto la meta por fin ya confesada de la ayuda será la inclusión en el mercado de las economías empobrecidas, más exactamente, de aquella parte de sus economías que está en condiciones de ser recuperada para el mercado. La planificación de la ayuda es un paso previo y excepcional antes de conseguir la libertad definitiva que se deriva de la más irrestricta libertad de mercado. Pero la Ayuda Oficial al Desarrollo es un proyecto multilateral de los países desarrollados, que se ejecuta por estados soberanos. ¿Puede someterse a planificación la cooperación al desarrollo con terceros países? Los estados nacionales que han ocupado la escena política durante el siglo XX han sido a su vez transformados profundamente por la globalización, pues mientras que el mercado mundial se vuelve objetivamente global, el mundo se desmorona progresivamente en lo político y social: “tribus, regiones, conglomerados que operan autónomamente y compiten entre sí; no más que regímenes sumamente restringidos en su capacidad de acción y masas de población fluctuante yendo de la guerra a la miseria”.

Los Estados de los países pobres son tratados como corporaciones empresariales, cuya misión es garantizar la competitividad del país en la economía global: el estado nacional de competencia. Si esa corporación-estado no es competitiva, es decir no logra sobrevivir en el mercado global, dejará de existir; dejará de ser viable como país, que se desmoronará abandonado en caída libre en ese mercado global. He aquí la opción neoliberal de la ayuda al desarrollo: conseguir la competitividad del Estado o hacerse cargo de sus restos cuando se disuelve, base doctrinal de la injerencia humanitaria. Pero los propios Estados de los países donantes se ven envueltos en la tela de araña de la globalización, también se muestran y se comportan como Estados en competencia. Por ello la capacidad de planificar la ayuda internacional es limitada; los intereses objetivos de una acción concertada se enfrentan a la fuerza centrífuga de la competencia interestatal.

La ayuda exterior no es una política solidaria ni un paliativo compensatorio para los países pobres, sino que es un instrumento más de una nación en su acción internacional, razón por la que no puede verse separadamente de la acción militar, del control de los mercados, ni de los intereses políticos nacionales que se resumen en el posicionamiento competitivo de cada Estado nacional en el mercado global.

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